Cuentos
Ernesto Langer Moreno

 

La Bruja de la Televisión
La niña y la paloma
La rosa pretenciosa

La Bruja de la Televisión
Illustrazioni : Angela O´ Ryan
Testo : Ernesto Langer Moreno

La bruja apareció en la televisión y Tomás se asustó creyendo que en cualquier momento la bruja lo miraría directamente a los ojos para decirle que ella conocía todas las maldades que él había hecho durante ese día.
Pero, la bruja encerrada dentro del televisor parece que ni siquiera se dio cuenta que Tomás la miraba y continuó como si nada, preparando sus embrujos.
Tomás entonces descansó un poco y se sintió mucho más tranquilo. Nadie le iba a contar a su mamá cuando llegara que se había comido todas las galletas que ella guardaba en la cocina, y podría perfectamente echarle la culpa a algún malvado ratón.
Además, nadie le diría tampoco del vidrio roto de la ventana del comedor, y él se podría hacer el leso como si no lo supiera.
Pero, entonces, cuando volvió de nuevo a poner atención a la televisión, de repente, la bruja lo apuntó a él directamente con su feo y arrugado dedo y con una voz de vieja bruja terrible le gritó: " pórtate bien o si no ..."
Tomás no podía creerlo y se asustó tanto que cuando llegó su mamá lo primero que hizo fue contarle que él se había comido todas las galletas y quebrado el vidrio de la ventana del comedor.
El se esperaba un buen reto, pero en vez de eso su mamá le dio un gran abrazo y lo besó. No para felicitarlo por las maldades que había hecho, porque estaban mal, sino porque quería decirle con eso que estaba muy feliz de tener un hijo que fuera honesto y valiente y que se atreviera a decir siempre la verdad.
Y desde ese día Tomás se portó mucho mejor. No hizo más maldades y no le tuvo tampoco más miedo a la bruja de la televisión.

La niña y la paloma
Illustrazioni : Angela O´ Ryan
Testo : Ernesto Langer Moreno

Claudita quería mucho a los animales y un día se encontró una paloma que tenía una de sus alas heridas y no podía volar. Se acercó con todo cuidado y tomándola entre sus manos se la llevó a su casa hasta que sanara. Allí la metió en una caja de cartón con unos géneros viejos y le echó un poco de desinfectante en el ala para curarla. Durante varios días, después que llegaba del colegio, ella hizo lo mismo hasta que la paloma pareció estar un poco mejor.
El viernes cuando llegó fue a verla como de costumbre, pero la paloma ya no estaba. Primero Claudita se alegró mucho pensando que la paloma se había sanado y que pudiendo volar se había ido a buscar a los suyos en el cielo. Pero, por otra parte, también se puso triste porque ya no la iba a ver más, y ella se había encariñado con la paloma. Así, esos dos sentimientos estaban entonces juntos en su corazón: la alegría y la pena. Como Claudita no entendía muy bien lo que le pasaba, fue a contarle todo a su mamá. La mamá le dijo que lo que ella sentía era algo natural, pero que la alegría tenía que ir poco a poco ganándole a la pena, porque aunque era verdad que ella echaba de menos a la paloma, ella la había curado para que pudiera volar, y que por eso, por haber logrado sanarla con sus cuidados, tenía que sentirse muy feliz. Claudita, aunque comprendió e incluso estuvo de acuerdo con la explicación de su mamá, no pudo dejar de sentir pena, pues ella echaba mucho de menos a su paloma.
Otro día, en medio de unas plantas, descubrió a un pajarito que estaba enredado entre unas ramas y unos palos, sin poder escapar. Se acercó con mucho cuidado para no asustarlo, igual como lo había hecho con la paloma, y abriendo un camino con sus dos manos, le ayudó a liberarse de su prisión. El pajarito voló y voló contento por el aíre hasta alejarse. Claudita, mirándolo, tuvo un gran sentimiento de ternura en su corazón, y entonces comprendió lo bueno que era que su paloma estuviera volando libre, sana y contenta como ese pajarito feliz. Desde entonces de a poco su pena fue desapareciendo y la alegría se hizo muy grande, hasta que pudo ella sola llenar todo su corazón.

La rosa pretenciosa
Illustrazioni : Angela O´ Ryan
Testo : Ernesto Langer Moreno

Érase una vez una rosa muy coqueta y vanidosa que, como veía que todos se detenían ante ella para alabar su belleza, ni siquiera quería hablarles a las otras flores del jardín.
Por la mañana ella amanecía toda cubierta de rocío y luego se iba abriendo lentamente, mostrando uno a uno sus pétalos, creyéndose mejor que las demás.
En eso, una abeja se posó en una hoja de un árbol cercano y viéndola tan engreída le preguntó:
"¿Por qué eres así con las otras flores del jardín? Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce, ¿qué te hace pensar que tú eres la mejor?"
La rosa escuchó sin mover una espina y se hizo la desentendida. "Porque" pensó ella "quién era esa abeja para pedirle explicaciones". Ella se sentía la reina de las flores y a una reina no se le habla así no más.
La abeja a su vez, al verse ignorada, no insistió, y se fue volando hacia otra flor más agradable. 
Al otro día, a una mariposa que revoloteaba por el jardín también le llamó la atención el aíre de superioridad de la rosa y acercándose le preguntó:
"¿Quién eres tú que te estiras y miras con desprecio a las demás flores del jardín?, Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce ¿qué te hace pensar que eres la mejor?"
Otra vez la rosa escuchó sin decir una palabra y la mariposa que no estaba de humor para soportar a una pesada como esa, también se marchó.
Así pasaron los días y la rosa seguía creyéndose la mejor. Las otras flores del jardín murmuraban entre ellas y por supuesto, esa rosa no les caía muy bien.
"Yo soy la más bella" se decía la rosa "no hay otra como yo".
Pero entonces, sucedió algo inesperado.La dueña del jardín apareció con unas tijeras en las manos y a esa rosa, que era por cierto la más bella, fue la única que cortó. 
Se la llevó adentro de la casa y la puso con un poco de agua en un jarrón.
Al poco tiempo, como era de esperarse, la rosa comenzó a marchitarse y sus pétalos se pusieron tristes y empezaron a caerse.
Su belleza desaparecía mientras podía ver a través de la ventana a las otras flores del jardín.
Ellas continuaban perfumando el jardín con sus dulces fragancias y las abejas y las mariposas seguían revoloteando alrededor.
Entonces, la rosa comprendió que su belleza le había traído su desgracia al llamar tanto la atención. Y que a veces es mejor no serlo demasiado, sino que le habría sido mucho más provechoso ser dulce y sencilla como las otras flores del jardín. Porque mientras ella se moría triste y fea en ese jarrón, las dulces flores continuaban gozando del sol y del rocío. Cosas que ella, que se creía la más bella y apreciada, no vería nunca más.


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